Análisis 5J: De ‘El síndrome del candidato ciego’ a ‘A la tercera va la vencida’.

La frase que podría definir la jornada electoral de ayer, y su interminable recuento electoral, sería muy seguramente: El día que se derrotó a sí mismo el PRI. Las casas encuestadoras se equivocaron, o quisieron equivocarse, al asegurar a diestro y siniestro que el PRI arrasaría, que rozaría el “carro completo”. Pero lejos de tener un buen resultado, el día de ayer fue un día negro para el priísmo. Casi todo el partido padeció del síndrome del candidato ciego, ése que sólo cree sus propias encuestas, que únicamente se rodea de quienes le dicen que todo va bien, y que infravalora a sus adversarios. Eso provocó que el partido se confiara en exceso, al principio de la contienda, y que hiciera campañas anodinas, totalmente olvidables. No fue hasta que quedaba ya muy poco tiempo para el día de la elección, cuando se dieron cuenta de sus errores, y pusieron en práctica estrategias más que cuestionables: aparecieron Secretarios del Gobierno de Peña Nieto haciendo campaña; se elevó el nivel de guerra sucia a un punto absolutamente desagradable e indigno; y la complicidad con los medios se hizo más que evidente. Aún así, perdió muchos estados, demasiados, y, entre ellos, el que más les ha dolido: Veracruz. Afortunadamente para el partido, y sólo por error ajeno, ganó Alejandro Murat en Oaxaca, una de las grandes apuestas del PRI para el futuro.

Manlio Fabio Beltrones tenía la oportunidad, después de haber cosechado muy buenos resultados desde que llegó a la presidencia del partido, de consolidarse como el líder absoluto del PRI, y asegurar su camino hacia la campaña presidencial de 2018. Pero el resultado del 5J lo cambia todo. Ahora sólo podría mantenerlo en la carrera una profunda y estudiada estrategia, y, aún así, parar al hidalguense Osorio Chong le será prácticamente imposible. El Secretario de Gobernación sale fortalecido después de que el PRI ganara el estado de Hidalgo, su tierra, y es a día de hoy el virtual candidato a la sucesión en Los Pinos.

El PAN, por su parte, no pudo tener un mejor domingo. No sólo ganó, arrasó. Jamás había ganado tantas elecciones a gobernador, y jamás había estado en la posición de gobernar tantos estados al mismo tiempo. Ricardo Anaya puede estar satisfecho y orgulloso. Las alianzas con el PRD funcionaron, como debían funcionar, y se logró la alternancia en lugares donde resultaba poco probable hasta hace pocos meses. El camino del PAN, que parecía bastante incierto tras la derrota de Josefina Vázquez Mota en 2012, acaba de hacerse más fácil y cómodo. Con estos resultados, siendo el partido más votado, el PAN regresa a la carrera presidencial. Margarita Zavala, que se ha desvivido en estas campañas, tiene ya un pie en la nominación como candidata para el 2018. Y si el PAN logra mantener la intención de voto, su más que probable candidata, podría ganarle al PRI de Osorio Chong.

Pero el PAN no fue el único que debe estar feliz. El resultado de Morena sólo puede considerarse como un éxito. Porque para Morena, perder elecciones no es sinónimo de fracaso. Andrés Manuel López Obrador no sólo gana cuando gana, también gana cuando pierde. En 2006 y en 2012 se quedó a las puertas de la Presidencia y sin embargo su proyecto ganó. No son muchos los casos en el mundo en el que esto ocurre, y el candidato es capaz de asumir una tercera campaña presidencial como si nada hubiera pasado. Por ello, que ayer finalmente no ganara en Veracruz y Zacatecas, no es un fracaso, es una consolidación del proyecto. Y por eso mismo, ayer también ganó, cuando ganó en la elección de la Ciudad de México para elegir a los Diputados Constituyentes. Morena es a día de hoy, el innegable futuro de la CDMX. Seguramente arrasará en la ciudad en 2018, con Ricardo Monreal de Jefe de Gobierno, y con figuras como Martí Batres, Mario Delgado, o Rigoberto Salgado, de brillantes escuderos. Andrés Manuel sabe que puede ganarle la Presidencia a Margarita Zavala y a Osorio Chong, está confiado en ello, y si sigue como hasta ahora, aunque difícil, puede conseguirlo.

El PRD en cambio, no pudo imaginar un peor resultado. Todas las encuestas daban por segura la elección de Tlaxcala y un resultado más digno en la Ciudad de México. Sin embargo, la dejadez con la que actuó el partido en todo momento, sólo pudo provocar el resultado que se obtuvo. No consiguió ninguna victoria, en un día donde se jugaban 12 gubernaturas y la formación del Constituyente que escribirá la Constitución de la ciudad que el mismo PRD diseñó y creó. Este escenario habría sido impensable con Marcelo Ebrard, cuando el PRD alcanzó sus mayores cuotas de apoyo en la ciudad, y cuando ser perredista era sinónimo de progreso, de desarrollo y de futuro. Pero ése PRD no tiene nada que ver con el PRD de Agustín Basave y de Miguel Ángel Mancera. El PRD de ahora niega la realidad en la que se encuentra. Y esa realidad es que se necesita renovación real, y no sólo ligeramente estética. Esa realidad implica apoyar realmente a caras frescas, y pasarlas al primer plano, como pueden ser Zoé Robledo o Víctor Romo. Y, obviamente, esa realidad es que sin la reunificación de la izquierda, sin que el PRD se una a Morena, no hay futuro para el PRD y tampoco, en verdad, para las aspiraciones de Andrés Manuel López Obrador, de cumplir el dicho de “A la tercera va la vencida”.